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Alerta roja: Parte I de II

Luz roja

Es inevitable. La vida se va sucediendo y ante lo que a primera vista es totalmente externo a nosotros y potencialmente peligroso, con la educación que recibimos la contrarrestamos y nos vamos forjando un carácter que será nuestro escudo y arma contra la vida, pues no solo nos vale para defendernos de las arremetidas de esta, sino que también es una de las principales vías de acceso a la felicidad. La educación que recibimos está capitaneada por la frase “amigos hasta el infierno” y es que debido a su finalidad integradora y amistosa, parece lo bastante digna no solo para movernos en torno a ella, sino para inculcársela también a nuestros hijos.

Sin embargo, a medida que crecimos con ella no solo en nuestra mente, sino que también en el ambiente; vimos que algo no encajaba bien en el mundo que pretendíamos para nuestra vida. Lo primero con lo que choca esta filosofía social, es con los valores que nos han intentado inculcar desde muy pequeños, ya que la consecuencia mas directa a dicha filosofía es que la mentira esté omnipresente en el ambiente social. Parece lógico pensar que obviamente no todas las personas nos caerán igual de bien y en ocasiones, puede que sea más sensato y sano, simplemente no tener trato con las que no apreciamos.

Tratar de mantener una buena relación con personas a las que interiormente despreciamos o que en el mejor de los casos, no nos importe su felicidad, hace que entre los dos surja una neblina consensuada que haga posible tenerla más o menos vigilada pero que cuando lo deseemos, nos sirva como escondite ante este “amigo” que tan poco deseamos que se nos acerque. Para esta labor, que mejor herramienta que Facebook, en la cual nos es posible saber la vida entera de un “amigo” y (mal)hablar de el a sus espaldas, generando así una atmósfera muy dañina para el ambiente social de nuestra ciudad. A la vez, tal y como nos aconsejaba nuestra madre; tenemos tantos “amigos” cómo nos es posible, cumpliendo la premisa “amigos hasta en el infierno”, que es a lo que nuestra ciudad se empieza indudablemente a parecer. Una ciudad que cada uno colaboramos en corromper un poco más según aportamos a que nos sea menos social, y por tanto, humana.

Ciudad sumergida en la niebla
Pero realmente el problema adquiere importancia cuando pasa al siguiente nivel, es decir, cuando no solamente actuamos de este modo nosotros o el de enfrente, sino cuando se generaliza esta actitud y pasa a ser patrón común de la sociedad, siendo entonces cuando civilizaciones enteras se oscurecen bajo una neblina muy densa que bajo la apariencia de una atmósfera pesada y racional, se esconden las envenenadas por nuestros valores, gotas de lluvia que poco a poco irán corrompiendo incluso a personas sinceras y honestas según caen a la superficie.

Finalmente como consecuencia, cuando la sociedad en su conjunto ha mamado de esta savia podrida largo tiempo; los eslabones más altos de la sociedad; es decir, los políticos, tienen tan interiorizado estas maneras de actuar, que las utilizan ya no por hacer el mal, sino de manera legítima.

Tras concluir nuestra educación, nos introducen en el mundo adulto mediante frases como las siguientes: “Tienes que arrimarte a Pepito que puede que en el futuro te proporcione trabajo” o “Tu novia tiene que ser de alta clase y moverse por este ambiente tan cool”. Lo cual nos sorprende porque de pequeño oímos algo en el colegio parecido a que las personas son fines en sí mismos y no medios, pero lo dejamos pasar porque al fin y al cabo, nuestros padres solo buscan lo mejor para nosotros. Pero lentamente va penetrando la idea en nuestra cabeza y tras una o dos decepciones que a todos nos da la vida, acabamos “dándonos cuenta” de que seguramente nuestros padres tenían razón.

Para entonces, la idea que tenemos del mundo en la mente entra en una etapa en la que implosiona debido a su desgarramiento de la realidad. Nos han enseñado a ver el mundo de una forma que no tiene nada que ver con la realidad natural, pero estamos tan seguros de nosotros mismos que creemos conocer perfectamente los mecanismos que hacen funcionar el universo. Nuestra vida coge una dirección de la cual no nos desharemos ya nunca y somos felices junto con nuestros elegidos amigos y convenida mujer. Ahora no solo entendemos las relaciones sociales sino que las manejamos a nuestro beneficio. La profecía se ha auto cumplido. La neblina ya lo ocupa todo, finalmente ha penetrado en nuestra mente. Los zombies filosóficos llegan a su máxima expresión, en la que una persona sin tener ni puta idea de nada, se cree que lo sabe todo. Lo que nos quedaba de humanos, se ha ido para no volver.

Ascendemos en el curro y conseguimos poder en nuestra sociedad. Pero muy poco a poco se hace evidente que el mundo que creemos ver y sentir es frío y bastardo. No somos capaces de explicarnos a nosotros mismos qué nos pasa. Emitimos todo nuestro odio contra los políticos, a quienes nos viene bien considerar responsables de nuestra insulsa vida. Los más ágiles de alma, en lo más profundo, quizás intuyan que más allá de la vida que han llevado los 35 años anteriores, mas allá de lo que son capaces de percibir por sus sentidos e intuir por su mente, hay un mundo entero que se les escapa, totalmente desconocido. Sin embargo, todo se basa en vagas e inconclusas sensaciones debido a que, mucho tiempo atrás, decidieron dejar atrás ese desevolucionado mundo humano. Nuestros sentidos se encuentran ahora realmente atrofiados debido a su no uso durante todos estos años.
Señal roja
Entonces, incapaces de desconectar del sistema al que nosotros mismos nos hemos atado contra la pared, se nos enciende una lucecita de urgencia dentro de nosotros que nos implora humanidad. Nos arrodillamos antes nosotros mismos pidiéndonos misericordia para el que solo ha intentado vivir de la mejor manera posible. Como consecuencia a la búsqueda de algo que nos haga sentir medianamente vivos y arraigados a nuestra breve estancia en La Tierra, llega la paternidad o maternidad y a partir de entonces “te cambia el mundo”.

Sin embargo, no todo es tan bonito. Desde pequeños la neblina ha penetrado en nosotros y establecido en nuestra mente y el niño que concebimos no es fruto de la felicidad, sincero amor y ternura con los que todos nacimos pero que preferimos desterrar cuando éramos pequeños, sino hijo de aquella neblina que voluntariamente aspiramos en la adolescencia, de ese sistema al que tanto odiamos pero psicológicamente estamos ligados. Y aunque esto no es decisivo, ya que el hijo no ha de salir necesariamente al padre o a la madre, los genes del niño actuarán en su contra. Por supuesto, criaremos al niño con todas nuestras fuerzas y dedicándole todo nuestro tiempo, tanto tiempo que nos olvidaremos de que nosotros también somos personas y necesitamos de tiempo de ocio, y de amigas y amigos con los que conversar y divertirnos. Ya que nosotros no hemos podido vivir la mejor de las vidas, lucharemos para que nuestro hijo si lo haga.

Al igual que de la neblina que voluntariamente pusimos sobre el del frente, surgió la oscuridad que finalmente sumergió nuestras ciudades en las tinieblas; de la inquietud de que existe algo maravilloso que se nos escapa, nace el estado de confusión en el que actualmente se encuentra la sociedad. El ser humano se encuentra en alerta roja.


Comentarios

  1. Es todo tan complicado entre neblina, mentiras, falsos tópicos típicos que desde luego podemos decir que estamos en alerta roja. Tal vez lo peor es que no sabemos realmente la dimensión de este aspecto en nuestras vidas ni en la de la colectividad.

    Un abrazo Alejo

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  2. Efectivamente, ¿Cómo vamos a ser felices si no tenemos una relación sana ni con nuestra mente, ni con nuestro cuerpo, ni con las demás personas?

    Y la gente realmente cree que somos una raza evolucionada...

    Un abrazo Sofya. Encantado de volverte a ver por aquí. :)

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